En las ciudades modernas, el final
del consumo rara vez es visible. Los residuos desaparecen detrás de las rejas
de los rellenos sanitarios, fuera de la vista y, con demasiada frecuencia,
fuera de la imaginación política. Sin embargo, las cifras se resisten a quedar
enterradas: nuestro planeta genera más de dos mil millones de toneladas de
residuos sólidos al año, y la curva sigue en ascenso. El modelo de consumo
lineal —extraer, consumir, desechar— ha alcanzado sus límites ecológicos y
éticos. En ningún lugar esta tensión es más evidente que en países como
Colombia, donde la creatividad convive con fallas estructurales en la forma en
que gestionamos lo que desechamos.
Las plantas de Valorización
Energética, conocidas como Waste-to-Energy (WtE) Facilities, suelen verse como
simples incineradoras modernas. Pero esa idea se queda muy corta. En las
ciudades que realmente apuestan por una economía circular, estas plantas no
reemplazan al reciclaje ni a los esfuerzos de reducción de residuos. Funcionan
más bien como el último eslabón de la cadena productiva: una forma de manejar
lo que ya no se puede reutilizar ni reciclar. Son una respuesta práctica a la
realidad de la basura que producimos, no a un ideal perfecto donde nada se
desperdicia.
Desde mi perspectiva, como alguien
que ha trabajado durante más de una década en economía circular, gestión de
residuos y política climática, Colombia enfrenta una paradoja de su propia
creación. Consumimos productos diseñados para ser irrecuperables —plásticos
multicapa, textiles sintéticos, materiales compuestos complejos— y luego nos
sorprendemos cuando el reciclaje, por sí solo, no da abasto. La Valorización
Energética no es una solución a la sobreproducción; es una respuesta desde la
ingeniería a su residuo inevitable.
En Europa, donde la separación de
residuos se aplica con mayor disciplina, la Valorización Energética procesa
entre el 40 y el 50 % de los desechos que permanecen después del reciclaje,
reduciendo de manera drástica los volúmenes enviados a rellenos sanitarios y,
con ello, las emisiones de metano, uno de los gases de efecto invernadero más
dañinos. Este enfoque también ayuda a evitar una injusticia que rara vez se
discute: la exportación de residuos al Sur Global bajo el disfraz del
“reciclaje”. Basta mirar lo que ocurre hoy en el desierto de Atacama, en Chile,
convertido en un vertedero a cielo abierto de ropa usada y residuos textiles
provenientes, en gran parte, de países desarrollados. Este crimen ambiental
expone la contradicción de un discurso verde que limpia su conciencia enviando
su basura a territorios ajenos, trasladando la contaminación y el daño social
en lugar de asumir su propia responsabilidad.
Para Colombia, las apuestas son
distintas y más altas. Bogotá, Medellín, Cali y un conjunto creciente de
ciudades intermedias se están quedando sin capacidad de disposición final. Los
escapes de metano, los lixiviados y los conflictos sociales definen cada vez
más estos territorios. La Valorización Energética ofrece una alternativa
técnica capaz de reducir el volumen de residuos hasta en un 90% mientras genera
energía.
Ciudades latinoamericanas como São
Paulo y Ciudad de México nos muestran que este camino es posible incluso en
contextos complejos: grandes volúmenes de residuos, alta presencia de
recicladores y fuertes presiones sociales. Allí, el aprovechamiento energético
se ha integrado de manera gradual al sistema de gestión de residuos,
demostrando que, con reglas claras, controles estrictos y transparencia frente
a la ciudadanía, la basura puede dejar de ser solo un problema y convertirse en
parte de la solución.
Colombia enfrenta hoy una decisión
clara: seguir acumulando pasivos ambientales disfrazados de basura, o invertir
en infraestructura de última generación, integrada y rigurosamente regulada que
cierre el ciclo y nos obligue a cuestionar qué estamos produciendo y por qué.
El llamado a la acción es
inequívoco. Los responsables de política pública, los alcaldes y los líderes
empresariales deben dejar de tratar los residuos como un problema secundario y
empezar a gobernarlos como un recurso estratégico. Diseñemos primero el
sistema, regulémoslo con firmeza y pongamos la reducción de residuos en el
centro de la conversación. El verdadero oro de esta alquimia no es la
electricidad: es la soberanía sobre nuestros propios residuos y la valentía de
decidir qué nunca debió convertirse en desecho.