viernes, 2 de enero de 2026

El fin de los rellenos sanitarios: llegó el momento de Colombia para cerrar el ciclo.

 

En las ciudades modernas, el final del consumo rara vez es visible. Los residuos desaparecen detrás de las rejas de los rellenos sanitarios, fuera de la vista y, con demasiada frecuencia, fuera de la imaginación política. Sin embargo, las cifras se resisten a quedar enterradas: nuestro planeta genera más de dos mil millones de toneladas de residuos sólidos al año, y la curva sigue en ascenso. El modelo de consumo lineal —extraer, consumir, desechar— ha alcanzado sus límites ecológicos y éticos. En ningún lugar esta tensión es más evidente que en países como Colombia, donde la creatividad convive con fallas estructurales en la forma en que gestionamos lo que desechamos.

 

Las plantas de Valorización Energética, conocidas como Waste-to-Energy (WtE) Facilities, suelen verse como simples incineradoras modernas. Pero esa idea se queda muy corta. En las ciudades que realmente apuestan por una economía circular, estas plantas no reemplazan al reciclaje ni a los esfuerzos de reducción de residuos. Funcionan más bien como el último eslabón de la cadena productiva: una forma de manejar lo que ya no se puede reutilizar ni reciclar. Son una respuesta práctica a la realidad de la basura que producimos, no a un ideal perfecto donde nada se desperdicia.

 

Desde mi perspectiva, como alguien que ha trabajado durante más de una década en economía circular, gestión de residuos y política climática, Colombia enfrenta una paradoja de su propia creación. Consumimos productos diseñados para ser irrecuperables —plásticos multicapa, textiles sintéticos, materiales compuestos complejos— y luego nos sorprendemos cuando el reciclaje, por sí solo, no da abasto. La Valorización Energética no es una solución a la sobreproducción; es una respuesta desde la ingeniería a su residuo inevitable.

 

En Europa, donde la separación de residuos se aplica con mayor disciplina, la Valorización Energética procesa entre el 40 y el 50 % de los desechos que permanecen después del reciclaje, reduciendo de manera drástica los volúmenes enviados a rellenos sanitarios y, con ello, las emisiones de metano, uno de los gases de efecto invernadero más dañinos. Este enfoque también ayuda a evitar una injusticia que rara vez se discute: la exportación de residuos al Sur Global bajo el disfraz del “reciclaje”. Basta mirar lo que ocurre hoy en el desierto de Atacama, en Chile, convertido en un vertedero a cielo abierto de ropa usada y residuos textiles provenientes, en gran parte, de países desarrollados. Este crimen ambiental expone la contradicción de un discurso verde que limpia su conciencia enviando su basura a territorios ajenos, trasladando la contaminación y el daño social en lugar de asumir su propia responsabilidad.

 

Para Colombia, las apuestas son distintas y más altas. Bogotá, Medellín, Cali y un conjunto creciente de ciudades intermedias se están quedando sin capacidad de disposición final. Los escapes de metano, los lixiviados y los conflictos sociales definen cada vez más estos territorios. La Valorización Energética ofrece una alternativa técnica capaz de reducir el volumen de residuos hasta en un 90% mientras genera energía.

 

Ciudades latinoamericanas como São Paulo y Ciudad de México nos muestran que este camino es posible incluso en contextos complejos: grandes volúmenes de residuos, alta presencia de recicladores y fuertes presiones sociales. Allí, el aprovechamiento energético se ha integrado de manera gradual al sistema de gestión de residuos, demostrando que, con reglas claras, controles estrictos y transparencia frente a la ciudadanía, la basura puede dejar de ser solo un problema y convertirse en parte de la solución.

 

Colombia enfrenta hoy una decisión clara: seguir acumulando pasivos ambientales disfrazados de basura, o invertir en infraestructura de última generación, integrada y rigurosamente regulada que cierre el ciclo y nos obligue a cuestionar qué estamos produciendo y por qué.

 

El llamado a la acción es inequívoco. Los responsables de política pública, los alcaldes y los líderes empresariales deben dejar de tratar los residuos como un problema secundario y empezar a gobernarlos como un recurso estratégico. Diseñemos primero el sistema, regulémoslo con firmeza y pongamos la reducción de residuos en el centro de la conversación. El verdadero oro de esta alquimia no es la electricidad: es la soberanía sobre nuestros propios residuos y la valentía de decidir qué nunca debió convertirse en desecho.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario

El fin de los rellenos sanitarios: llegó el momento de Colombia para cerrar el ciclo.

  En las ciudades modernas, el final del consumo rara vez es visible. Los residuos desaparecen detrás de las rejas de los rellenos sanitario...