Seamos
honestos: cuando botamos algo “a la basura”, rara vez pensamos a dónde va
realmente. Pero en Cali, y en toda Colombia, ese “a dónde” tiene nombre,
ubicación y una huella que no deja de crecer.
Cada
año, Colombia genera más de 13 millones de toneladas de residuos sólidos, y una
gran parte termina en rellenos sanitarios. En ciudades como Cali, miles de
toneladas de basura se transportan diariamente a estos sitios, moldeando
silenciosamente realidades ambientales, económicas e incluso políticas. Los
rellenos sanitarios no son solo un tema de infraestructura: son un reflejo de
cómo producimos, consumimos y [fallamos en] recuperar valor.
Entonces,
la pregunta es incómoda pero necesaria: ¿son los rellenos sanitarios un mal
necesario… o simplemente un mal diseño a gran escala?
Los
rellenos sanitarios modernos ya no son simples montañas de basura. Hoy son
infraestructuras diseñadas con sistemas de impermeabilización, manejo de
lixiviados y, en algunos casos, cómo en el relleno Doña Juana de Bogotá, en
captura de gases.
En
teoría, son ambientes controlados que buscan minimizar impactos.
En un
país donde las tasas de reciclaje apenas rondan el 17–20%, los rellenos
sanitarios siguen siendo la columna vertebral del sistema. Sin ellos, ciudades
como Cali enfrentarían crisis inmediatas: acumulación de residuos en nuestros
hogares o en la calle, aparición de botaderos ilegales y la proliferación de riesgos
sanitarios para toda la población.
Pero
que funcionen… no significa que sean una buena solución.
¿Por
qué siguen teniendo sentido (por ahora)?
Primero,
por eficiencia. Son una forma relativamente económica de manejar grandes
volúmenes de residuos, algo clave para municipios con presupuestos limitados.
Segundo,
por flexibilidad. A diferencia del reciclaje, que exige separación y calidad
del material, los rellenos reciben casi todo: orgánicos, escombros, plásticos
contaminados. En un país donde la separación en la fuente aún es irregular,
esto es determinante.
Tercero,
generan empleo. Desde la recolección domiciliaria hasta la operación de los
rellenos, incluyendo a miles de recicladores de oficio que recuperan materiales
antes de que sean enterrados.
Pero
aquí está el problema: estamos enterrando valor y creando innumerables riesgos
de salud pública.
Ahora
viene la parte incómoda.
Los
rellenos sanitarios son, en esencia, una falla de diseño del sistema económico.
Porque cada tonelada enterrada es una tonelada de material perdido.
Piénsalo
así: plásticos, metales, vidrio, materiales que requirieron energía, agua y
recursos naturales para su transformación, terminan fuera del ciclo productivo
para siempre. En Colombia, esto representa miles de millones de pesos en valor
desaprovechado cada año.
A esto
se suma el impacto ambiental.
Los
residuos orgánicos, más del 50% del total en Colombia, se descomponen en los
rellenos y generan metano, un gas de efecto invernadero hasta 28 veces más
potente que el CO₂. Los lixiviados pueden contaminar suelos y fuentes de
agua. Los gases afectan la calidad del aire. Y con el tiempo, estos sitios se
convierten en pasivos ambientales que requieren monitoreo durante décadas (no
es sino ver que pasa hoy en Navarro, donde operó nuestro relleno sanitario
hasta junio de 2008).
En
otras palabras, los rellenos sanitarios resuelven el problema de hoy, si… pero crean
uno más complejo para mañana.
Aquí
es donde la conversación se vuelve interesante.
Cali, y
Colombia en general, tiene una oportunidad única de dar un salto hacia la
economía circular. No de forma abrupta. De forma gradual y estratégica.
Porque
los ingredientes ya existen:
Una
base sólida de recicladores de oficio con conocimiento real en recuperación de
materiales.
Un creciente interés empresarial en políticas ESG y de circularidad.
Presión por compromisos climáticos y mercados de carbono.
Y una corriente de residuos rica en materiales aprovechables.
La
transición no consiste en eliminar los rellenos de la noche a la mañana. Eso no
es realista. La verdadera jugada es redefinir su rol.
Que
dejen de ser el destino principal… y pasen a ser el último recurso.
Entonces,
¿qué tiene que cambiar?
Tenemos
que empezar desde el origen de los resiudos.
Hay
que reducir lo que generamos. Esto implica rediseñar empaques, fomentar la
reutilización y apostar por productos durables.
Luego
viene la recuperación. El reciclaje debe escalar, no solo en infraestructura,
sino en cultura. Separar en la fuente debería ser lo normal, no la excepción.
Finalmente,
la innovación. Tecnologías de valorización energética de residuos (o tecnologías
“waste-to-energy”, en inglés), plantas de recuperación de materiales y
nuevos modelos de negocio circulares no son ideas del futuro, ya están pasando
en muchas ciudades del mundo. La pregunta es si Cali decide adoptarlas con la velocidad
que una nueva economía mundial lo demanda.
Los
rellenos sanitarios no son el enemigo.
Existen
porque nuestra economía sigue siendo lineal: extraer, producir y desechar.
Pero
en un mundo con presión climática, escasez de recursos y nuevas oportunidades
económicas, ese modelo es anticuado y absurdo.
El
futuro será de las ciudades que entiendan esto primero… y actúen en
consecuencia.
Cali debe
ser una de ellas.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario