lunes, 30 de marzo de 2026

¿A dónde va a parar todo lo que botamos a la basura?

 

Seamos honestos: cuando botamos algo “a la basura”, rara vez pensamos a dónde va realmente. Pero en Cali, y en toda Colombia, ese “a dónde” tiene nombre, ubicación y una huella que no deja de crecer.

 

Cada año, Colombia genera más de 13 millones de toneladas de residuos sólidos, y una gran parte termina en rellenos sanitarios. En ciudades como Cali, miles de toneladas de basura se transportan diariamente a estos sitios, moldeando silenciosamente realidades ambientales, económicas e incluso políticas. Los rellenos sanitarios no son solo un tema de infraestructura: son un reflejo de cómo producimos, consumimos y [fallamos en] recuperar valor.

 

Entonces, la pregunta es incómoda pero necesaria: ¿son los rellenos sanitarios un mal necesario… o simplemente un mal diseño a gran escala?

 

Los rellenos sanitarios modernos ya no son simples montañas de basura. Hoy son infraestructuras diseñadas con sistemas de impermeabilización, manejo de lixiviados y, en algunos casos, cómo en el relleno Doña Juana de Bogotá, en captura de gases.

 

En teoría, son ambientes controlados que buscan minimizar impactos.

 

En un país donde las tasas de reciclaje apenas rondan el 17–20%, los rellenos sanitarios siguen siendo la columna vertebral del sistema. Sin ellos, ciudades como Cali enfrentarían crisis inmediatas: acumulación de residuos en nuestros hogares o en la calle, aparición de botaderos ilegales y la proliferación de riesgos sanitarios para toda la población.

 

Pero que funcionen… no significa que sean una buena solución.

 

¿Por qué siguen teniendo sentido (por ahora)?

 

Primero, por eficiencia. Son una forma relativamente económica de manejar grandes volúmenes de residuos, algo clave para municipios con presupuestos limitados.

 

Segundo, por flexibilidad. A diferencia del reciclaje, que exige separación y calidad del material, los rellenos reciben casi todo: orgánicos, escombros, plásticos contaminados. En un país donde la separación en la fuente aún es irregular, esto es determinante.

 

Tercero, generan empleo. Desde la recolección domiciliaria hasta la operación de los rellenos, incluyendo a miles de recicladores de oficio que recuperan materiales antes de que sean enterrados.

 

Pero aquí está el problema: estamos enterrando valor y creando innumerables riesgos de salud pública.

 

Ahora viene la parte incómoda.

 

Los rellenos sanitarios son, en esencia, una falla de diseño del sistema económico. Porque cada tonelada enterrada es una tonelada de material perdido.

 

Piénsalo así: plásticos, metales, vidrio, materiales que requirieron energía, agua y recursos naturales para su transformación, terminan fuera del ciclo productivo para siempre. En Colombia, esto representa miles de millones de pesos en valor desaprovechado cada año.

 

A esto se suma el impacto ambiental.

 

Los residuos orgánicos, más del 50% del total en Colombia, se descomponen en los rellenos y generan metano, un gas de efecto invernadero hasta 28 veces más potente que el CO₂. Los lixiviados pueden contaminar suelos y fuentes de agua. Los gases afectan la calidad del aire. Y con el tiempo, estos sitios se convierten en pasivos ambientales que requieren monitoreo durante décadas (no es sino ver que pasa hoy en Navarro, donde operó nuestro relleno sanitario hasta junio de 2008).

 

En otras palabras, los rellenos sanitarios resuelven el problema de hoy, si… pero crean uno más complejo para mañana.

 

Aquí es donde la conversación se vuelve interesante.

 

Cali, y Colombia en general, tiene una oportunidad única de dar un salto hacia la economía circular. No de forma abrupta. De forma gradual y estratégica.

 

Porque los ingredientes ya existen:

 

Una base sólida de recicladores de oficio con conocimiento real en recuperación de materiales.
Un creciente interés empresarial en políticas ESG y de circularidad.
Presión por compromisos climáticos y mercados de carbono.
Y una corriente de residuos rica en materiales aprovechables.

 

La transición no consiste en eliminar los rellenos de la noche a la mañana. Eso no es realista. La verdadera jugada es redefinir su rol.

 

Que dejen de ser el destino principal… y pasen a ser el último recurso.

 

Entonces, ¿qué tiene que cambiar?

 

Tenemos que empezar desde el origen de los resiudos.

 

Hay que reducir lo que generamos. Esto implica rediseñar empaques, fomentar la reutilización y apostar por productos durables.

 

Luego viene la recuperación. El reciclaje debe escalar, no solo en infraestructura, sino en cultura. Separar en la fuente debería ser lo normal, no la excepción.

 

Finalmente, la innovación. Tecnologías de valorización energética de residuos (o tecnologías “waste-to-energy”, en inglés), plantas de recuperación de materiales y nuevos modelos de negocio circulares no son ideas del futuro, ya están pasando en muchas ciudades del mundo. La pregunta es si Cali decide adoptarlas con la velocidad que una nueva economía mundial lo demanda.

 

Los rellenos sanitarios no son el enemigo.

Existen porque nuestra economía sigue siendo lineal: extraer, producir y desechar.

Pero en un mundo con presión climática, escasez de recursos y nuevas oportunidades económicas, ese modelo es anticuado y absurdo.

 

El futuro será de las ciudades que entiendan esto primero… y actúen en consecuencia.

 

Cali debe ser una de ellas.


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